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Educación

Una mano para dar los primeros pasos

En el día de los Jardines de Infantes y a modo de homenaje a quienes acompañan los primeros pasos de niños y niñas en el aprendizaje fuera de casa, acercamos una experiencia del Movimiento Los sin Techo.

DIARIO EL LITORAL TEXTOS. NANCY BALZA. FOTOS. AMANCIO ALEM.

 

En un barrio despoblado de edificios de altura que atajen el viento, el aire se mueve casi sin interferencias. Y el sol tiene menos obstáculos para llegar. Casi en el límite oeste de la ciudad, allí donde se adivina la cercanía del río Salado, los primeros rayos de luz no demoran en bañar las paredes de “La casa de los niños”, una acertada manera de nombrar a un espacio concebido para los más chicos del barrio Las Lomas. En ese lugar se erige el jardín de infantes de Los sin Techo, el segundo en abrir sus puertas en la ciudad, y uno de los 18 que pertenecen al movimiento que creó el recordado padre Atilio Rosso, y que están diseminados por el norte, por el sur y por Alto Verde.

 

Desde aquel 7 de junio de 1995, la maestra Elizabeth Vega acompaña a chicos y chicas de 3 y 4 años en los primeros pasos de un aprendizaje que continuará en el preescolar y, más adelante -espera-, en las escuelas primarias de la zona. No lo hace sola: desde el primer día cuenta con el apoyo de madres cuidadoras que “le ponen el hombro día a día” al jardín.

 

Susana Aguirre, Isabel Nuñez y Lorena Ríos son las tres madres que la acompañan en esta tarea desde hace 8 años, y es importante reconocer, en nombre de ellas, el trabajo de todas las mujeres que suman su esfuerzo al Movimiento.

 

Desde primera hora, Elizabeth, “Lizy” para todos, es la encargada de recibir a los niños y niñas, de retirar abrigos, ubicar mochilas y preparar cuadernos de comunicaciones a medida que se completa la entrada al jardín y antes de conducir al grupo a izar la bandera. Quince años atrás, la rutina habrá sido similar pero no es paisaje: no solo el barrio creció y modificó su fisonomía, sino que cambiaron las familias y su relación con el jardín al que ahora sí sienten como propio.

 

La maestra reconoce la iniciativa del padre Rosso “que vio la necesidad de contener a niños menores de 4 años, darles un espacio, atender sus necesidades físicas y de alimentación pero también las pedagógicas. La idea era tener un lugar para ellos”. Con el tiempo ese espacio se fue multiplicando y fortaleciendo. “A medida que fuimos avanzando en el barrio vimos cómo fueron cambiando los hábitos, los horarios y el acompañamiento de la familia con nosotros. Pero ésto es un trabajo en equipo y sin las mamás cuidadoras sería imposible”, remarca.

 

“La experiencia es hermosa, el acompañamiento de los padres lo sentimos ahora. Pero fue todo un proceso. Los primeros años fueron de conseguir ropa, zapatillas y después todo fue cambiando”, admite la maestra.

 

OTRO CONTEXTO, EL MISMO OBJETIVO

 

Nilda de Díaz, directora de los jardines de la zona sur, recordó que 11 de los 18 jardines del Movimiento participan del programa del PNUD (ver recuadro), “y no solamente nos asisten con alimentación sino con proyectos complementarios, como el de “Inteligencias múltiples” y el programa “Leer, jugar y aprender” por el que nos entregaron material didáctico para trabajar con los chicos y la comunidad. No sólo se piensa en la comida sino también en los demás estímulos que los chicos necesitan para crecer en otros aspectos”.

 

A la charla con Nosotros se suma la psicopedagoga Carola Del Bianco, que pertenece a la zona norte y participa del equipo observando la evolución de los niños, orientando a la docente, indagando sobre los primeros años de vida, recomendando derivaciones a la fonoaudióloga o al pediatra, según el caso. “También estamos trabajando en un proyecto con el Jardín de la Esperanza, para cuando se detectan problemas de maduración en los chicos a fin de hacer la derivación porque, si no, quedan fuera del sistema”.

 

Para Silvana Mana, directora de la zona norte, la diferencia que observan en los niños desde que ingresan al jardín con apenas 3 años y cuando egresan, a los 5, es enorme: “es un abismo en cuanto a hábitos, aprendizajes y demás aspectos que hacen a la maduración”. Por otra parte, la incorporación de tecnología, mas la reciente entrega de netbooks por parte de la Municipalidad de Santa Fe, permite concretar otro de los objetivos del movimiento y del propio Rosso, como es achicar cada vez más la brecha entre unos y otros.

 

“En los barrios hay múltiples dificultades que se agregan al trabajo diario de cada docente. Es difícil desconocer las necesidades básicas de los chicos: un niño que viene al jardín y no durmió en toda la noche porque hubo un allanamiento en el barrio o un problema con la droga, o porque a lo mejor duermen 3 ó 4 chicos en la misma cama, es todo un desafío. Eso que puede ser normal para algunos, como es tener su cama y su calefacción, en otros contextos es un problema”, apunta Nilda. Y reflexiona: “a veces te dicen que no hay que hacer asistencialismo ¿Cómo hacés si un chico está descalzo y no viene al jardín porque se turna las zapatillas con el hermano? Entonces, hay que salir a conseguir, tratar de ver cómo se van llenando esos huecos. El hecho de tener una comida variada hace que la nutrición sea mejor. Todo se complementa para abarcar al niño en su totalidad”.

 

TODO CAMBIA

 

“El objetivo de la enseñanza inicial es comenzar el camino de la educación, tanto formal como no formal, desde los conocimientos básicos hasta los hábitos, y lo que se va a manejar en el sistema educativo, prepararlos en la atención desde los tiempos más cortos hasta los más largos. Es un proceso para formarse como persona física, psíquica y social para insertarse en la sociedad”, sostiene Del Bianco.

 

“En la época en que conocí Las Lomas -recuerda Díaz- ni las calles estaban abiertas. Luego se hicieron planes de vivienda que, si bien no eran ambiciosos, permitían sacar a las familias del rancho para darles una habitación de material con un baño. Después esas casitas se fueron ampliando”. “Con el tiempo las cosas fueron cambiando: desde la presentación de los chicos, la forma en que llegan al jardín, el respeto por los horarios, el sentido de pertenencia con el jardín, el hecho de que los padres comprendan que éste es para sus hijos y que tienen que apoyarlo si quieren que vayan progresando”, coincide Mana.

 

La bandera ya flamea en lo alto del mástil, el sol sigue ganando terreno, los chicos -otra vez en la sala- se preparan para tomar la leche antes de iniciar las tareas del día y, mientras planea el paseo que harán al día siguiente para presenciar una obra de teatro, Elizabeth muestra con orgullo una foto. En ella aparece retratada junto a dos ex alumnos, ya hombres de más de 18 años, más altos que ella que -como otros- volvieron a visitar el jardín y a confirmar que el camino emprendido hace casi 16 años no fue en vano.

 

SAN AGUSTÍN, EL PRIMERO

 

POR: NILDA R. DE DÍAZ (*)

 

En el año 1994 comenzamos el proyecto “La casa de los niños” con el primer jardín de infantes en el barrio San Agustín: primer desafío, con más incógnitas que certezas.

 

En ese momento, nuestro proyecto tenía pocas personas: la señorita Mirna Benegas, tres madres cuidadoras, unos 30 niños y yo. Es bueno recordar este pasado, donde el padre Atilio Rosso nos daba “una chirolas” y se compraba la carne en la carnicería del barrio, la verdura al verdulero ambulante, quien siempre tocaba la puerta del jardín para dejarnos lo que se iba a consumir en el día.

 

Cuando acudíamos por donaciones al mercado central lo hacíamos en mi auto y, si podíamos “derrochar” un poco más, se hacía un puchero gigante.

 

Esa experiencia se fue multiplicando, echando raíces en otros barrios, buscando aliados en el primero, y fuera de él, aprendiendo todos de todos, ya que muchas veces se cometen errores por creer que uno solo tiene la verdad y desconoce los legados culturales. ¡Cuánto tiempo pasó! ¡Cuánto avanzamos!: 16 años pasaron, 25 docentes, 600 niños, 48 madres cuidadoras, 18 son nuestros jardines de infantes, 16 de ellos reconocidos por el M. de Educación de la provincia.

 

Nuestros jardines se crearon para dar una respuesta a las familias más pobres de los barrios periféricos: católicos, testigos de Jehová, evangélicos, los que viven en ranchos y en casas, los que tienen padres privados de libertad, los changarines, los cirujas...

 

Educar en la pobreza no es sencillo. Hay una cultura que no se conoce y hay que interiorizarse para que, desde allí y con cada uno de los actores, se pueda desarrollar una tarea en conjunto. Estudios basados en la neurociencias detectan cómo se aprende, qué partes del cerebro se activan ante distintos estímulos. Los primeros años de vida son fundamentales en el desarrollo futuro de los niños (...).

 

Preguntamos un día a los niños de un barrio del norte: ¿por qué estás feliz hoy?. La respuesta fue: “porque nos dieron un corte de rancho”. Es difícil pensar la felicidad de un niño del barrio y compararla con lo que a niño en el centro lo hace feliz.

 

La maestra jardinera tiene un plus entre los docentes: es quien toma el niño en al ámbito del jardín cuando se despega de su mamá y de su casa. Es quien hace de nexo entre el hogar y la primera conexión con el sistema educativo.

 

Y si miro hacia arriba y hago silencio, seguro que escucho alguien que me dice: “lo más importante son los chicos”.

 

(*) Directora de los jardines de Los sin Techo, zona sur.

 

 

MOVIMIENTO LOS SIN TECHO

San Jerónimo 3328

(3000) Santa Fe - Argentina

 

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